La tarea del laicado es renovar la cultura a través de testimonios cristianos únicos y auténticos. Carl A. Anderson
Submitted by poncho on Tue, 2008-12-30 11:51
Durante una época se hablaba mucho de la evangelización cristiana de la cultura, incluso de la transformación de la cultura. Sin embargo, a lo largo del tiempo se ha experimentado un desarrollo contrario: podría decirse que en su lugar se ha logrado una especie de tregua. En algunas áreas ha surgido un nuevo optimismo acerca de los beneficios del secularismo, en otras se ha desarrollado una adaptación gradual.
No me refiero a la autonomía del orden secular y de sus instituciones, que todos reconocemos, sino a algo completamente diferente.
En Estados Unidos la popularidad del libro de Harvey Cox, La ciudad secular (1965), promovió la idea de que la secularización era parte del plan divino que los cristianos debían adoptar. Cox vislumbró la “secularización como la liberación del hombre de la tutela religiosa y metafísica, quitando su atención de otros mundos y devolviéndola hacia éste”.
Afirmó que la secularización es “emancipación” y que “es la legítima consecuencia del impacto de la fe bíblica en la historia”. Más aún, sostuvo que “debemos aprender…a hablar de Dios de manera secular y encontrar una interpretación no religiosa de los conceptos bíblicos”.
Durante los más de 40 años transcurridos desde la publicación de La ciudad secular, se ha descubierto que, a pesar decualquier efecto positivo, la secularización le ha quitado sentido a la vida cristiana. Secularizar la forma en que piensan los cristianos afecta los valores por los que viven.
Desde un punto de vista cultural, está claro que hemos aprendido “a hablar de Dios de manera secular” y hemos ido encontrando “una interpretación no religiosa de los conceptos bíblicos”.
Dichas tendencias han reducido paulatinamente la cualidad única de la vida cristiana.
Christifideles Laici aborda el tema de forma más simple y más estricta: El secularismo como fuerza cultural “sustenta una vida vivida como si Dios no existiera” (34).
En la vida pública de la sociedad, el secularismo va más allá: No se contenta simplemente con considerar a la religión con indiferencia, sino que cada vez considera más a la fe religiosa como un obstáculo para la “emancipación” y la “liberación”.
Desde el Concilio Vaticano II, los fieles laicos han alcanzado una mayor comprensión de su responsabilidad de trabajar por la renovación de la sociedad. Las demandas de justicia social hacen un llamado urgente a la conciencia.
En un esfuerzo por realizar las demandas de justicia, el filósofo católico Jacques Maritain, observó una vez que los cristianos han hecho avanzar nuestro camino hacia una sociedad más justa y humanitaria por medio de lo que llamó la “evangelización” de la conciencia secular.
Sin embargo, hoy puede decirse que el efecto de una secularización penetrante ha provocado lo contrario: la secularización de la conciencia cristiana. O quizás más precisamente, el secularismo ha impedido la adecuada formación de la conciencia cristiana.
Aunque Harvey Cox escribía como profesor protestante en Harvard Divinity School, la mentalidad fundamental que representaba también ha impregnado a la comunidad católica. Ha sucedido en tres áreas que afectan de manera crítica la formación de los fieles laicos y su capacidad para llevar a cabo su misión.
En primer lugar, ciertas prácticas de la liturgia y la homilía han socavado el poder de los sacramentos en la formación de la conciencia cristiana. Podría decirse que hemos aprendido demasiado bien a “hablar de Dios de manera secular”.
En segundo lugar, la educación católica ha experimentado una influencia creciente de los supuestos del Siglo de las Luces en relación al propósito de la universidad, que amenazan el adecuado entendimiento de la armoniosa relación entre la fe y la razón y de la unidad esencial de la experiencia educativa.
Finalmente, la familia católica, que durante generaciones fue reconocida universalmente por su brillante testimonio de la unión inherente entre los aspectos unitivo y procreativo del matrimonio, de muchas formas se ha vuelto indistinguible del estilo de vida de la cultura secular imperante.
Estas tres tendencias implican graves obstáculos para la formación de los laicos, quienes en otros aspectos son capaces de cumplir con su misión de renovar la sociedad.
En nuestra época, para la misión del laicado es fundamental este trabajo de renovación y nuestra responsabilidad es irremplazable. El laicado tiene una misión específica que debe cumplir siempre en solidaridad con nuestros sacerdotes y obispos, y siempre basada en el corazón y el entendimiento de la Iglesia. Sólo de esta forma los laicos fieles serán capaces primero de comprender y después de cumplir su misión.
Esto podría requerir que abandonáramos las medias tintas. No esperemos renovar la sociedad si la sociedad no puede detectar la diferencia en la forma en que los católicos contraen matrimonio, educan a su familia, manejan su negocio o sirven al gobierno. En otras palabras, nunca podremos esperar la renovación de la sociedad hasta que nosotros mismos nos comprometamos a renovar nuestras propias vidas. Y nunca podremos esperar la renovación de la sociedad mientras encontremos formas de adaptarnos a valores sociales que son fundamentalmente opuestos a los valores del Evangelio.
No se trata solo de hacer que más católicos acepten aspectos específicos de la doctrina social de la Iglesia. Es necesario formar una conciencia católica dispuesta a ajustar nuestra propia vida imitando a Cristo.
La tarea de la formación se había cumplido históricamente mediante una combinación de instituciones como escuelas y universidades católicas, parroquias y la familia. Es obvio que dichas instituciones tradicionales ya no cumplen su misión adecuadamente.
Es igualmente obvio que los nuevos movimientos eclesiásticos desempeñan cada vez más este papel, lo que forma parte de su atracción para los fieles laicos. Sin duda, esta tendencia continuará. A corto plazo, dichos movimientos representan una de las mejores formas de preparar a los laicos para que se comprometan con su tarea de renovar la sociedad.
A largo plazo, deberá hacerse mucho más, como dijo Juan Pablo II, para “rehacer el tejido cristiano de la comunidad eclesiástica” mediante la consideración de nuevas iniciativas para la futura formación de los fieles laicos.
Debe motivarse a las familias para que asuman su responsabilidad como primeros y principales educadores de sus hijos a través del desarrollo de la oración familiar, la catequesis y la lectura de las Sagradas Escrituras. Se debe pedir a las escuelas y universidades católicas que revisen su misión a la luz de la forma en que sus actividades promueven u obstaculizan la formación de la conciencia católica de sus estudiantes.
En todo esto, nuestra tarea no es más que realizar la promesa de la oración con la que concluye Deus Caritas Est: “Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él. Enséñanos a conocerlo y amarlo, para que también nosotros podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva en medio de un mundo sediento”.
Vivat Jesus!
Por el Caballero Supremo Carl A. Anderson
Nota del Editor: El siguiente texto es una adaptación de un discurso pronunciado por el Caballero Supremo Carl A. Anderson en la reunión del Pontificio Consejo para los Laicos el 15 de noviembre, mismo que marcó el 20 aniversario de la exhortación apostólica Christifideles Laici (Sobre Vocación y Misión de los Laicos en la Iglesia y en el Mundo) del Papa Juan Pablo II.
Durante una época se hablaba mucho de la evangelización cristiana de la cultura, incluso de la transformación de la cultura. Sin embargo, a lo largo del tiempo se ha experimentado un desarrollo contrario: podría decirse que en su lugar se ha logrado una especie de tregua. En algunas áreas ha surgido un nuevo optimismo acerca de los beneficios del secularismo, en otras se ha desarrollado una adaptación gradual.
No me refiero a la autonomía del orden secular y de sus instituciones, que todos reconocemos, sino a algo completamente diferente.
En Estados Unidos la popularidad del libro de Harvey Cox, La ciudad secular (1965), promovió la idea de que la secularización era parte del plan divino que los cristianos debían adoptar. Cox vislumbró la “secularización como la liberación del hombre de la tutela religiosa y metafísica, quitando su atención de otros mundos y devolviéndola hacia éste”.
Afirmó que la secularización es “emancipación” y que “es la legítima consecuencia del impacto de la fe bíblica en la historia”. Más aún, sostuvo que “debemos aprender…a hablar de Dios de manera secular y encontrar una interpretación no religiosa de los conceptos bíblicos”.
Rendirse Ante lo “Secular”
Durante los más de 40 años transcurridos desde la publicación de La ciudad secular, se ha descubierto que, a pesar decualquier efecto positivo, la secularización le ha quitado sentido a la vida cristiana. Secularizar la forma en que piensan los cristianos afecta los valores por los que viven.
Desde un punto de vista cultural, está claro que hemos aprendido “a hablar de Dios de manera secular” y hemos ido encontrando “una interpretación no religiosa de los conceptos bíblicos”.
Dichas tendencias han reducido paulatinamente la cualidad única de la vida cristiana.
Christifideles Laici aborda el tema de forma más simple y más estricta: El secularismo como fuerza cultural “sustenta una vida vivida como si Dios no existiera” (34).
En un esfuerzo por realizar las demandas de justicia, el filósofo católico Jacques Maritain, observó una vez que los cristianos han hecho avanzar nuestro camino hacia una sociedad más justa y humanitaria por medio de lo que llamó la “evangelización” de la conciencia secular.
Sin embargo, hoy puede decirse que el efecto de una secularización penetrante ha provocado lo contrario: la secularización de la conciencia cristiana. O quizás más precisamente, el secularismo ha impedido la adecuada formación de la conciencia cristiana.
Aunque Harvey Cox escribía como profesor protestante en Harvard Divinity School, la mentalidad fundamental que representaba también ha impregnado a la comunidad católica. Ha sucedido en tres áreas que afectan de manera crítica la formación de los fieles laicos y su capacidad para llevar a cabo su misión.
En primer lugar, ciertas prácticas de la liturgia y la homilía han socavado el poder de los sacramentos en la formación de la conciencia cristiana. Podría decirse que hemos aprendido demasiado bien a “hablar de Dios de manera secular”.
En segundo lugar, la educación católica ha experimentado una influencia creciente de los supuestos del Siglo de las Luces en relación al propósito de la universidad, que amenazan el adecuado entendimiento de la armoniosa relación entre la fe y la razón y de la unidad esencial de la experiencia educativa.
Finalmente, la familia católica, que durante generaciones fue reconocida universalmente por su brillante testimonio de la unión inherente entre los aspectos unitivo y procreativo del matrimonio, de muchas formas se ha vuelto indistinguible del estilo de vida de la cultura secular imperante.
Estas tres tendencias implican graves obstáculos para la formación de los laicos, quienes en otros aspectos son capaces de cumplir con su misión de renovar la sociedad.
Cristo y Cultura
Creo que la solución debe encontrarse en un enfoque que se base en una visión articulada por el Padre Romano Guardini. En una carta al Papa Pablo VI en 1965, el Padre Guardini escribió: “A lo largo de mis primeros estudios teológicos, me quedó claro algo que, desde entonces, ha determinado todo mi trabajo teológico: lo que puede convencer a la gente moderna no es un cristianismo histórico, psicológico o siempre en continua modernización, sino únicamente el mensaje irrestricto e ininterrumpido de la Revelación”. Un año antes, el entonces Padre Joseph Ratzinger presentó el tema de una manera ligeramente diferente. Al hablar ante los estudiantes de la Universidad de Munster, el Padre Ratzinger dijo: “Se ha afirmado que nuestro siglo se caracteriza por un fenómeno totalmente nuevo: el surgimiento de gente incapaz de relacionarse con Dios”. Y continuó: “Creo que la real tentación para un cristiano… no consiste solo en la cuestión teorética de si Dios existe…Lo que realmente nos atormenta hoy, lo que nos molesta mucho más es la ineficacia del Cristianismo: Después de dos mil años de historia cristiana, no podemos ver nada que sea una nueva realidad en el mundo…¿Qué es toda esta serie de dogmas, veneración e Iglesia si finalmente aún dependemos de nuestros propios recursos? ¿Finalmente, esto nos lleva de regreso a la cuestión del Evangelio del Señor: ¿Qué proclamó y trajo entre los hombres realmente?” Estas palabras, escritas cuatro décadas antes de su elección al papado, brindan uno de los resúmenes más claros de la misión del Pontificado del Papa Benedicto XVI, así como de los fieles laicos actuales. Creo que es la razón por la que el Papa Benedicto XVI entregó tan bellas meditaciones en sus encíclicas Deus Caritas Est y Spe Salvi sobre las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. Estas virtudes son los cimientos de la vida moral cristiana, y, con el fin de ser auténticas, deben combinar una vocación al amor y una vocación a la verdad. Ambas encíclicas representan la recuperación de una forma de pensamiento fundamentalmente cristiana como prerrequisito para una forma de vida cristiana. La reevangelización de lo que podríamos llamar conciencia cristiana debe continuar, e incluye conceptos como la “razón correcta”, la “ley natural” e incluso el “bien común”. No es probable que el laicado pueda efectivamente influir en la cultura de manera perdurable sin dicha recuperación. El Santo Padre nos recordó repetidamente que el Cristianismo no es un sistema ético - no es, de hecho, un sistema - sino más bien un acontecimiento, un encuentro con una persona. Debido a que se trata de un encuentro que ocurre en la historia personal de todo creyente, al mismo tiempo siempre es nuevo. Es responsabilidad fundamental de los fieles laicos llevar la realidad de dicho acontecimiento - dicho encuentro - a cada aspecto de la historia y por lo tanto, a cada aspecto de la cultura. La realidad de dicho acontecimiento debe hacerse presente tanto en la familia, como en la vida pública y gubernamental de la sociedad. A menudo hemos escuchado repetir las palabras de Juan Pablo II: “¡No tengan miedo!” “Abran bien las puertas a Cristo”. Estas palabras se repiten en Christifideles Laici. Al menos, esto significa que para que tenga lugar una auténtica renovación de la sociedad, Cristo no puede ser visto como una abstracción separada de la experiencia concreta, vivida en común, que llamamos cultura. Al contrario, debe invitarse a Cristo a nuestra cultura para impregnarla y transformarla como solo Él puede hacerlo.Identidad Católica
Así, la responsabilidad primaria de los fieles laicos debe ser un nuevo compromiso con la renovación de la vida parroquial, especialmente el papel de la parroquia como comunidad eucarística. Tiene poco sentido pedir a los fieles laicos que trabajen en la transformación de la cultura secular sin exhortarlos, al mismo tiempo, a renovar la vida sacramental de la comunidad parroquial. Al respecto, el Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía en 2005 y el reciente Sínodo sobre la Palabra de Dios brindan un excelente plan de acción para esta tarea. En su discurso de abril a los educadores católicos en la Universidad Católica de América, el Papa Benedicto XVI afirmó que una institución educativa católica es un lugar para encontrar “la fuerza transformadora del amor y la verdad” de Dios, un lugar para formar una auténtica conciencia cristiana y para vivir una forma de vida específicamente cristiana. Más tarde ese mismo día, el Papa Benedicto XVI dijo a los obispos de Estados Unidos: “Uno de los grandes retos que enfrenta la Iglesia…es cultivar una identidad católica basada no tanto en las apariencias externas sino en una forma de pensar y actuar fundada en el Evangelio y enriquecida por la tradición viviente de la Iglesia”.
En nuestra época, para la misión del laicado es fundamental este trabajo de renovación y nuestra responsabilidad es irremplazable. El laicado tiene una misión específica que debe cumplir siempre en solidaridad con nuestros sacerdotes y obispos, y siempre basada en el corazón y el entendimiento de la Iglesia. Sólo de esta forma los laicos fieles serán capaces primero de comprender y después de cumplir su misión.
Esto podría requerir que abandonáramos las medias tintas. No esperemos renovar la sociedad si la sociedad no puede detectar la diferencia en la forma en que los católicos contraen matrimonio, educan a su familia, manejan su negocio o sirven al gobierno. En otras palabras, nunca podremos esperar la renovación de la sociedad hasta que nosotros mismos nos comprometamos a renovar nuestras propias vidas. Y nunca podremos esperar la renovación de la sociedad mientras encontremos formas de adaptarnos a valores sociales que son fundamentalmente opuestos a los valores del Evangelio.
No se trata solo de hacer que más católicos acepten aspectos específicos de la doctrina social de la Iglesia. Es necesario formar una conciencia católica dispuesta a ajustar nuestra propia vida imitando a Cristo.
La tarea de la formación se había cumplido históricamente mediante una combinación de instituciones como escuelas y universidades católicas, parroquias y la familia. Es obvio que dichas instituciones tradicionales ya no cumplen su misión adecuadamente.
Es igualmente obvio que los nuevos movimientos eclesiásticos desempeñan cada vez más este papel, lo que forma parte de su atracción para los fieles laicos. Sin duda, esta tendencia continuará. A corto plazo, dichos movimientos representan una de las mejores formas de preparar a los laicos para que se comprometan con su tarea de renovar la sociedad.
A largo plazo, deberá hacerse mucho más, como dijo Juan Pablo II, para “rehacer el tejido cristiano de la comunidad eclesiástica” mediante la consideración de nuevas iniciativas para la futura formación de los fieles laicos.
Debe motivarse a las familias para que asuman su responsabilidad como primeros y principales educadores de sus hijos a través del desarrollo de la oración familiar, la catequesis y la lectura de las Sagradas Escrituras. Se debe pedir a las escuelas y universidades católicas que revisen su misión a la luz de la forma en que sus actividades promueven u obstaculizan la formación de la conciencia católica de sus estudiantes.
En todo esto, nuestra tarea no es más que realizar la promesa de la oración con la que concluye Deus Caritas Est: “Muéstranos a Jesús. Guíanos hacia Él. Enséñanos a conocerlo y amarlo, para que también nosotros podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva en medio de un mundo sediento”.
Vivat Jesus!»
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